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En defensa de nuestra madre

La sagacidad del impío es de tal manera astuta que en apariencia no dirige su ataque a Cristo, lo hace de una manera más mortífera y maligna desahogando su furia contra la Madre de Dios y lo hace de muchas maneras. Recientemente lanzó su cólera al adelantar el juicio de la Iglesia por el esperado 5to dogma Mariano que le dará a la Madre de Dios los títulos de “Abogada, Medianera y Corredentora”. Abogada de todos los hombres, Medianera de todas las gracias y Corredentora del género humano.  

Desacreditando y desacralizando a la Madre desacreditamos y desacralizamos al Hijo. Disminuyendo a la Madre disminuímos al Hijo. Limitando la gracia de la Madre limitamos el poder del Padre. Así procede la antigua serpiente llamada Satán aterrada de la proximidad de su fin e incapaz para salvar su cabeza antes de ser aplastada por la Nueva Mujer.

Los pequeños hijos de María dispersos por el mundo estamos listos. Permanecemos en espera a la voz de mando que nos ordenará salir a la batalla contra el príncipe del mundo. Estamos en el mundo pero no somos del mundo hemos nacido para vencer al mundo y a quienes le pertenecen.

Ejercito mariano

El ejército Mariano es invisible a los ojos del mundo, es imperceptible a la vista de los arrogantes y de los orgullosos. Es invisible porque es pequeño. Es imperceptible porque trabaja y ora en la clandestinidad. No se esconde pero tampoco brilla. No brilla a los ojos del mundo pero si ilumina y edifica a los humildes.

El ejercito Mariano no cuenta con pelotones ni con escuadrones ni tampoco con divisiones. No tiene general pero si tiene capitán y el poder de la capitán empequeñece al mayor de todos los generales de todos los tiempos y de todas las razas. La capitán se llama María y contra ella no puede nadie. Nadie puede contra la Reina del Cielo porque su gracia opaca a todos.

Los hijos de esta Reina estamos apostados en su talón porque sus benditos pies jamás tocarán al antiguo dragón pero aplastarán su cabeza por medio de su fuerza y de la fidelidad de sus hijos.

David vence a Golliat

Infinidad de testimonios en el Antiguo Testamento nos enseñan que el poder de Dios vence a todos sus enemigos por medio de su pequeño ejército. Quizá la más icónica y significativa de las batallas ganadas por Yaveh fue cuando el pequeño David lleno de fe y de valor se enfrentó al gigante y corpulento Goliat armado con lanza y escudo. David lo venció en el nombre del Señor de los ejércitos, en el nombre del Dios de los escuadrones de Israel contra quien Goliat y sus secuaces habían injuriado.

De la misma manera como venció David a Goliat los hijos de María presidirán el triunfo definitvo y final del Inmaculado Corazón de María contra la antigua serpiente.

Triunfo final

El triunfo final de nuestra Santa Madre no es una hipótesis ni un sueño quijotesco es una promesa del cielo, es la profecia de todas las profecias y no porque triunfe María sino porque el Hijo quiere y decide que sea su Madre la vencedora final. Fue una mujer por quien entró la muerte en el mundo y será una mujer a través de quien llegará la vida sin ocaso para sus hijos fieles.

“En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe, el defensor de los hijos de tu pueblo” Daniel 12,1

“¿Quienes son y de donde han venido los que llevan la túnica blanca?” Yo le respondí: “Señor mío, eres tu quien lo sabe”. Entonces él me dijo: “Son los que han pasado por la gran persecución y quienes han lavado y blanqueado sus túnicas con la sangre del cordero”. Ap 7,14

“Pero ellos lo han vencido por medio de la sangre del cordero y por el testimonio de fe que han confesado, pues su amor a la vida no les impidió aceptar la muerte por obedecer a Dios. Por eso, alégrense los cielos y todos los que en elos habitan”. Ap 12,11-12

“Oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche”. Ap 12,10

Llegó la hora de la soberanía de su Cristo y el tiempo de su gloria por los siglos de los siglos.