El Movimiento Ecuménico comenzó oficialmente con el Congreso Misionero de Edimburgo (Escocia) en 1910. Surgió en un ambiente protestante y en un contexto misionero, por la necesidad de presentar un frente unido en los países paganos.
La idea del ecumenismo fue retomada durante el Concilio Vaticano II y se documentó en el decreto “Unitatis Redintregratio” firmado por SS Paulo VI el 21 de noviembre de 1964.
SS Paulo VI en el proemio de este decreto lo definió como “el movimiento surgido, por la gracia del Espíritu Santo, para restablecer la unidad de todos los cristianos. Participan en él los que invocan al Dios Uno y Trino y confiesan que Jesús es el Señor y Salvador.
Así mismo reconoce que no todos los cristianos aspiran a una Iglesia de Dios única y visible.
La Iglesia Católica considera la separación de los ortodoxos y los protestantes como una herida profunda infligida a la Iglesia de Cristo. Por lo que al mismo tiempo que las iglesias protestantes, inicia un movimiento a favor de la unidad de los cristianos.

La búsqueda de la unidad entre los cristianos no puede darse mediante la negociación de la enseñanza bimilenaria de la Iglesia. Una integración de las diversas denominaciones cristianas con la Iglesia católica sólo puede darse si estas denominaciones cristianas están dispuestas en abrazar la riqueza completa del depósito de la fe de la Iglesia.
El verdadero ecumenismo es aquel en cuya puerta de entrada se encuentra María recibiendo, plena de gozo, a sus hijos extraviados por el mundo que regresan a su verdadero hogar. El verdadero ecumenismo es aquel en el cual los hijos separados después de regresar a casa y ser recibidos por nuestra Madre María se arrodillan frente a Jesús sacramentado.
De acuerdo al credo católico decretado en el Concilio de Nicea los católicos creemos y decimos: “Creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica”.
Dicho lo anterior el concepto modernista denominado “ecumenismo” será transformado por la Iglesia del futuro por el llamado a la conversión al que nos llama permanentemente la Iglesia a cada uno de nosotros sus hijos.
Todos somos llamados a pertenecer a la Iglesia, a la única Iglesia fundada por Cristo.

El falso ecumenismo es aquel que con tal de satisfacer las demandas de nuestros hermanos separados sacrifica el depósito de nuestra fe milenaria y calla, reduce o elimina las verdades heredadas de nuestros padres.
La verdadera caridad cristiana es ser medios de salvación para nuestros hermanos. El camino del ecumenismo se ha llevado a cabo con el precio de reducir la misión y la grandeza de nuestra Santa Madre la Virgen María. Se niega y se reduce la misión de nuestra Madre negándola como medianera de todas las gracias y corredentora.
Este mismo camino “ecuménico” se encuentra en dificultades cuando los fieles piden recibir la comunión en la boca y de rodillas.
Cada día son menos los fieles e inclusive los sacerdotes que verdadermante creen que la santa hostia verdaderamente contiene el cuerpo, la alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y que el vino consagrado es verdaderamente la sangre de Cristo.
En la medida que se deje de creer en el misterio eucarístico en esa medida se facilitará la unión entre los cristianos separados para quienes el pan eucarístico es sólo una memoria, un recuerdo, un símbolo del recuerdo de la cena del Señor.
¿Vale la pena sacrificar lo más valioso del depósito de nuestra fe por intentar reunir a los hermanos separados? ¿Reunirnos para que? ¿Para dar la espalada a la Tradición, al Magisterio milenario, a la Palabra viva de las sagradas escrituras?
¿Que resultados ha tenido nuestra Iglesia a 61 años de distancia de “Unitatis Redintregrtatio”? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Regresaron los hermanos separados y abrazaron nuestra doctrina, nuestra liturgia, los preceptos de la
Iglesia? ¿Aumentaron las ordenaciones de sacerdotes? ¿Cuantos miles de sacerdotes dejaron su ministerio trás el último concilio?
A partir de que la jererquía de la Iglesia decidió reducir y callar las exigencias doctrinales de casi 20 siglos la crisis moral y social ha ido en un temerario aumento.
En la santa misa, en el corazón vivo de nuestra fe y tradición se abandonó el rito de todos los siglos y se redujo la liturgia de la misa a su mínima expresión.
Parte de la riqueza del contenido de nuestra doctrina se ha quedado guardada en una caja fuerte que ya no se atreven a abrir la inmensa mayoría de obispos ni de sacerdotes.
Desde el famoso llamado de SS Juan XXIII a raiz del Concilio Vaticano II conocidó como “aggiornamento” (actualización a ls demandas del mundo) se dieron cambios muy importantes y necesarios al aspecto pastoral en la Iglesia pero al mismo tiempo dolorosos retrocesos.
Aggiornamento fue la palabra italiana con la que se describió al Concilio Vaticano II. Esta palabra significa puesta al día, es decir actualización, y señaló perfectamente la intención del Concilio tras años de resistencia por parte de los papas oponiéndose a las exigencias del mundo secular, a la modernidad y al liberalismo.

Vivimos en la era de la confusión, del relativismo, en el tiempo de la sociedad postcristiana. Muchos se consideran católicos por haber sido bautizados y por haber recibido otros sacramentos. Sin embargo, ¿cuantos de estos católicos aceptan con docilidad la doctrina católica integra?
Defender sin doblez en nuestros días la enseñanza de la Iglesia representa para quien tenga la valentía de hacerlo ser calificado por anticuado, mocho o fanático, en el mejor de los casos. En muchos casos son injuriados y hasta insultados inclusive por su propia familia o por sus supuestos “amigos”.
El mundo se enfurece cuando anuncias, proclamas, defiendes o das testimonio de principios morales y cristianos contrarios a su estilo de vida o a su forma de pensar.
No fue un mal augurio ni sólo un aislado momento de angustia de SS Paulo VI cuando pronunció en la Basílica de San Pedro el 29 de junio de 1972: “por alguna fisura el humo de Satanás ha entrado al interior del templo de Dios”. No, no fue un momento de pesadilla fue un muy doloroso lamento desde lo más hondo del corazón del Papa el reconocer públicamente la infiltración masónica y del clero impío que al interior de la Iglesia la combaten sin escrupulos y quienes por su ausencia de fe creen que la pueden destruir.
Desde ese día, a 53 años de distancia de esta impactante declaración pública de SS Paulo VI hasta el día de hoy aquella fisura en los muros del templo de Dios ha crecido. Primero fue fisura ahora es un gran boquete y este humo ha llegado a todas las habitaciones, a todas las moradas del edificio apostólico.
Se ha perdido el discernimieno, la ideología se impone a la enseñanza. En palabras de SS Pío XII: “Predican la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces la autoridad sin la libertad”.
No es momento de llanto ni de amargura, es tiempo de levantar la cabeza al cielo. Es momento de reavivar la fe y la esperanza alegre en el triunfo final de María.
Creemos y sabemos por medio de la fe que el momento más oscuro de la noche es la antesala de la llegada del alba, del nuevo sol que brillará, del eterno día que no conocerá anochecer.