La magificiencia, esplendor, perfección y gracia plena de la Virgen María ha sido reconocida, declarada y proclamada desde los primeros siglos por los padres de la Iglesia, por muchos santos y por el pueblo de Dios.
San Agustín llamó a María “reparadora del género humano” , reconociendo que por medio de ella Dios restauró lo que Eva había perdido.
San Ildefonso de Toledo la proclamó “restauradora del mundo perdido”, y San Bernardo afirmó que “Dios puso en manos de María el precio de nuestra redención” .
San Alfonso M. de Ligorio (Doctor de la Iglesia, s. XVIII) sintetizó tres razones por las que María es Corredentora: (1) por su obediencia en la Anunciación, aceptando ser Madre del Salvador; (2) por dar a luz al Redentor y ofrecerlo al mundo; (3) por compartir los sufrimientos de Cristo al pie de la Cruz, uniéndose a Su sacrificio por nuestra salvación.
León XIII declaró“De pie, junto a la cruz de Jesús, estaba María, su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso, ofreciendo ella misma a su propio Hijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor” .
Este mismo papa afirmó también“exenta de toda mancha de pecado original, escogida para ser Madre de Dios y asociada por ello a la obra de la salvación del género humano, goza junto a su Hijo de un favor y un poder tan grande que nada igual pueden obtener los hombres ni los ángeles” San Pío X (Papa de 1903 a 1914) usó términos muy claros en su carta Ad Diem Illum (1904) con motivo del cincuentenario del dogma de la Inmaculada: “La consecuencia de esta comunidad de sentimientos y sufrimientos entre María y Jesús es que María mereció ser la reparadora dignísima del mundo perdido y, por tanto, la dispensadora de todos los tesoros que Jesús nos conquistó con su muerte y su sangre”.
Muchos más testimonios de declaraciones de teólogos, mariólogos y santos confirman esta certeza en el corazón de nuestra madre Iglesia pero sin duda ninguna ha sido tan profunda, completa, amplia y elocuente como la que San Luis Grignion de Montfort nos ha heredado a través de su obra maestra titulada: “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”. Te invitamos a que lo leas, lo medites y te consagres a nuestra excelsa Madre María tal y como lo recomienda Montfort en esta su obra.
Esta rica tradición muestra que el título “Corredentora” tiene raíces profundas en la fe de la Iglesia. No se trata de una invención reciente ni de una exageración, sino de una verdad meditada desde antiguo: María cooperó de manera única y estrecha con Jesús en nuestra Redención.
San Juan Pablo II en su libro “Don y Misterio” en el 3er capítulo titulado “Influencias en mi Vocación” explica que en algún momento durante su formación en el seminario se llegó a preguntar si su profunda devoción y culto a María llevado a un exceso podría comprometer la supremacía del culto a Cristo. El joven Wojtyla muy pronto comprendió que la verdadera devoción a la Virgen María siempre nos lleva a Cristo.
El “Tratado de la Vedadera Devoción” de Montfort influyó mucho en la devoción Mariana de Wojtyla y en este tratado encontró la respuesta a muchas de sus dudas.
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